Recuerdo que, cuando era niño, solía dedicarme a perseguir palomas con mi bicicleta. Me resultaba estimulante en muchos aspectos: me gustaba ver cómo las palomas volaban en cuanto me acercaba y disfrutaba al aumentar mi destreza en el manejo de la bicicleta. Parecía imposible que yo, un niño terrestre, consiguiese atropellar a uno de esos seres voladores que descansan en lo alto de las cornisas y cuyas defecaciones atormentan las cabezas de hombres y mujeres.
Un día, lo recuerdo perfectamente, conseguí atropellar a una paloma con la rueda delantera de mi bicicleta. Lo había conseguido. Varios niños se acercaron sorprendidos por la hazaña y atraídos por el grotesco aspecto del cadáver. Yo no estaba demasiado ilusionado, aunque tampoco me sentía mal; estaba simple y llanamente sorprendido. Una niña me dijo que yo era un niño malo, pero casi todos los niños del parque valoraban positivamente mi logro. Al fin y al cabo, había conseguido uno de esos clásicos retos infantiles, como dar la vuelta al columpio o cabalgar a lomos de un perro.
Aún así, yo no estaba complacido. Lo que a mi me divertía era perseguir a las palomas por el parque. Disfrutaba al verlas volar a mi paso, intentando una y otra vez algo que parecía imposible. Cuando se hiciera de noche volvería a mi casa, cenaría y al día siguiente podría dedicarme a otro pequeño reto, a descubrir algo nuevo o a perseguir más palomas.
A algunos les hubiera gustado llevarse la paloma muerta a casa para colgarla en el salón con un bonito marco y añadir la proeza a su currículum. Así podrían pasar el resto de sus días sentados en una butaca frente a su trofeo, bebiendo cava de una copa y sonriendo complacidos. A mi me hubiera gustado no haber atropellado nunca a aquella paloma para poder seguir persiguiéndola. Me gustaría dedicarme a cazar lagartijas para cortarles la cola y ver cómo les crece, a dar la vuelta completa con el columpio y buscar huesos de dinosaurio.
El problema es que si me dedico por entero a algo, es muy posible que acabe cumpliendo mis objetivos. ¿Qué debería hacer entonces? En esto consiste la paradoja de la paloma muerta: la consecución de un objetivo supone, en realidad, su muerte.
La paradoja de la paloma muerta explica por qué mucha gente tiene miedo al éxito. También ofrece una explicación al curioso fenómeno de personas que se marcan retos aparentemente imposibles.
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– Taig Mac Carthy –
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